Cerraremos los ojos para abrir en toda su extensión la boca
y así no ver cuántos metros hay hacia adentro
para no intuir, siquiera, desde dónde viene todo:
En el jardín indio, las lágrmias del bostezo caerán en silencio.
Al darte cuenta, querrás que todos lo sepan
y un grito nativo empujará las costillas.
Los perros caseros, que poco saben de la muerte
pensarán que tu pecho se está colmando de ella
sin escuchar la risa de los quiltros, como hienas en la calle
merodeando una carriña de agonía dilatada.
Se pensarán formas de hacer banquetes de aire
habiendo pasado por lo carnívoro, lo caníbal, lo omnívoro
extrañas formas de autosuficiencia coprofágica.
Habrá que alimentarse del agua bajo el sol, soplado por el aire
pero no habrá nada de eso;
una religión federal, para ese entonces, ya tendrá suprimido todo cariño pagano a los minerales.
El sopor de centurias caerá en sí mismo, sobre todos nosotros
Miraremos la cama, la gran cama de nuestros días
sin entender por qué ocupa todo el espacio, la seguridad, inmovilizados
Desperezándonos al levantarse.
Y al bajar los brazos, habiendo estirado los músculos...
Eso fue la crisis: un bostezo prolongado en el tiempo
Cerrados los ojos, los párpados forzados a replegarse en sí mismos
de a poco fueron reflejando algo más que paisajes.
La vista empañada, nunca se pensó tan útil, una vista empañada
que, cuando el aliento del juego absurdo, desbocado, emborrona la vista
como un vidrio en invierno vuelve siendo, como nunca, transparente.
lunes, abril 20
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